Oración del día

La oración del 31 de agosto

lunes, 31 de agosto

Esta fue la oración de este día, con voz, para volver a rezarla con calma cuantas veces quieras.

Leer y rezar

Fidelidad humilde en lo cotidiano

Escuchar la oración
0:004:58

Leer junto

Señor, recibo este lunes treinta y uno de agosto con el deseo de caminar contigo en medio de lo que hoy me corresponda. Estamos en el tiempo ordinario, en una feria de color verde; no hay en el calendario una celebración festiva que aparte mi mirada de la sencillez, y precisamente allí quiero buscarte. El salmo que la Iglesia proclama hoy vuelve mi atención hacia tu palabra: en ella encuentro una luz para comprender y una guía para no apartarme del camino. Antes de ocuparme de mis tareas, dejo que esa voz oriente mis pensamientos. Que esta mañana me encuentre disponible para recibir lo que quieras mostrarme.

El evangelio de hoy según san Lucas presenta una escena que me toca de cerca. Vuelves al pueblo donde creciste, entras a la sinagoga, tomas el rollo y lees aquellas palabras que anuncian libertad para los oprimidos y buena noticia para los pobres. Dices que esa promesa se cumple ese mismo día, delante de la gente que te vio crecer. Y lo que sigue no es aplauso, sino sospecha, incomodidad, y al final un intento de hacerte daño. Los tuyos, los que más deberían reconocerte, son los que más te cierran la puerta. Ahí te quedas solo, sostenido únicamente por la certeza de que el Padre te envió y que esa misión no depende de que ellos te crean. Esa soledad tuya no es abandono, es el espacio donde tu confianza no se apoya en la aprobación de nadie, sino en quien te envió. Y pienso en mis propios lunes, en esos momentos donde también busco ser entendido o aceptado por quienes me rodean, y descubro que puedo aprender de tu manera de sostenerte sin necesitar ese aplauso.

La primera lectura de hoy, de la carta a los corintios, va en la misma dirección. Quien escribe confiesa que no llegó predicándoles con discursos brillantes ni con sabiduría rebuscada, sino temblando, consciente de su propia fragilidad, apoyado solo en el poder de tu Espíritu. Es una confesión que me libera: no necesito tener siempre la palabra perfecta, el argumento que convenza a todos, la seguridad que impresione. Puedo presentarme como soy, incluso con temor, y confiar en que tu fuerza actúa igual, o mejor, a través de mi debilidad reconocida.

Hoy la Iglesia recuerda a santo Domingo del Val. No necesito adornar su nombre con datos que no conozco; me basta con dejar que su sola memoria me invite a una fidelidad callada, de esas que no buscan reconocimiento ni grandes escenarios, sino que se sostienen en la confianza puesta en ti, tal como tú te sostuviste aquel día en la sinagoga.

Señor, al entrar en esta mañana, reúne mis pensamientos y hazme receptivo a tu presencia. Cuando no sepa cómo responder o sienta que necesito controlar cada resultado, recuérdame que puedo caminar con serenidad aun en medio de lo incompleto. Concede que tus dones se hagan visibles en mi fragilidad, para que mis palabras no busquen aplausos y mis actos no nazcan del miedo. Si alguna palabra mía es rechazada como lo fue la tuya en tu propio pueblo, dame libertad para no aferrarme a la aprobación ajena, sino a la certeza de que camino contigo. Por la intercesión de santo Domingo del Val, enséñame una fidelidad humilde, constante en lo que nadie ve durante este lunes. Bendice mi trabajo, mis encuentros, mis silencios, y hazme instrumento de esa buena noticia que hoy anuncias a los pobres. Que tu palabra acompañe el paso de esta mañana y me mantenga cerca de ti. Amén.