Leer y rezar
Sed de ti al comenzar el domingo
Leer junto
Señor, este domingo treinta de agosto descubro, desde el comienzo de la mañana, un deseo profundo de ti, como la sed de quien busca agua en tierra reseca. La Iglesia reza hoy ese salmo, y su imagen de una tierra árida y sin agua me ayuda a nombrar lo que llevo dentro: te necesito con todo mi ser. Es domingo, tiempo ordinario, y el verde de esta jornada me recuerda que no hace falta una fiesta grande para que tú y yo nos encontremos: una jornada sencilla también puede volverse ofrenda. Vengo con las manos vacías, sin traer todavía ninguna petición armada, solo con el deseo de que seas tú lo primero que llene este domingo, y no lo último que busque cuando ya no me quede nada más.
El evangelio de hoy según san Mateo cuenta un momento difícil entre tú y Pedro. Le anuncias a tus discípulos que el camino que llevas pasa por el sufrimiento, y Pedro, que te quiere bien, trata de apartarte de esa ruta. Tu respuesta es dura porque la verdad a veces lo es: quien quiera salvar su vida la perderá, y quien la entregue por ti la encontrará. No es una invitación a buscar el dolor, sino a dejar de aferrarme tanto a mi propia seguridad que termine cerrado a lo que tú quieres hacer conmigo. Esta mañana me pregunto qué parte de mi vida estoy protegiendo con tanta fuerza que no te deja entrar.
La primera lectura de hoy muestra a un profeta agotado, que quería callarse tu palabra porque solo le había traído burla y problemas, pero descubre que no puede: la lleva dentro como un fuego que le quema los huesos y que termina por salir, aunque él prefiriera contenerlo. Reconozco algo de eso en mí, esos momentos en que preferiría guardar silencio, quedarme cómodo, y sin embargo hay algo tuyo que insiste por dentro y no se deja apagar tan fácil.
Y descubro que este rato apartado del ruido puede volver mi corazón hacia el Padre. No es un hueco que deba llenar, sino una oportunidad para acoger tu dirección y mirar con más libertad lo que viene, antes de dejarme llevar por el ritmo del día.
La segunda lectura de hoy, de la carta a los romanos, me pide algo concreto para este domingo: no dejarme moldear por lo que el mundo espera de mí, sino dejar que renueves mi manera de pensar, para reconocer qué es lo que realmente quieres. Es una invitación a entregarme entero, no a medias, confiando en que ese cambio de mirada es lo que me permite discernir tu voluntad en las decisiones pequeñas y grandes de este día que empieza.
Jesús, en este domingo te pido una serenidad que no dependa de que yo resuelva primero mis dudas, y te pido también un corazón atento para acogerla cuando se haga presente. Dame el cariño de Pedro hacia ti, pero también la humildad de dejarme corregir cuando quiero apartarte del camino que tú conoces mejor que yo. Enséñame a no aferrarme tanto a mi propia vida que termine perdiendo lo que de verdad importa. Que tu palabra arda hoy en mí como un fuego que no pueda callar, y que ese fuego se convierta en gestos concretos de amor hacia quienes vea en este domingo. Renueva mi manera de pensar, para que no viva copiando lo que el mundo espera, sino buscando lo que tú quieres de mí. Hoy la Iglesia recuerda a los santos mártires Félix y Adaucto, que te fueron fieles hasta entregarlo todo; por su intercesión, dame una fidelidad más sencilla, la de cada día, la que se sostiene en lo pequeño. Quédate conmigo en esta jornada, guía mis pasos, y hazme capaz de acoger tu paz sin condiciones. Amén.