Leer y rezar
Una lámpara encendida para comenzar el día
Leer junto
Este viernes veintiocho de agosto, aquí en Colombia, la Iglesia me presenta a san Agustín, obispo y doctor de la Iglesia, en medio del tiempo ordinario. Un hombre que tardó años en dejarse encontrar por ti acompaña este comienzo. Jesús, antes de salir a lo que me espera, quiero detenerme un instante en un rincón callado y volver mi atención hacia ti. No quiero huir del día, sino recibirlo con el corazón dispuesto, dejando que este rato de soledad me prepare para vivirlo contigo.
El evangelio de hoy según san Mateo cuenta la historia de diez muchachas que esperan al esposo con sus lámparas encendidas: cinco llevan aceite de repuesto y cinco no. Al demorarse la llegada y vencerlas el sueño, las que no tienen reserva no pueden pedir prestado en el último momento, y se quedan afuera cuando por fin llega la hora. Es una historia seria sobre la responsabilidad de estar preparados: no invita a vivir paralizados por el miedo, pero sí muestra que la fidelidad se cultiva poco a poco y no se improvisa cuando ya golpean a la puerta.
Pienso en san Agustín y encuentro ahí esa misma imagen hecha vida. Nació en Tagaste, en África, y pasó una juventud alejada de ti, tanto en sus ideas como en su modo de vivir. Su vida antes de encontrarte estuvo llena de caminos distintos, pero por dentro la lámpara todavía no ardía con lo que de verdad la sostiene. Fue en Milán donde se convirtió, y allí recibió el bautismo del obispo Ambrosio. Volvió a su tierra, se entregó a una vida sencilla y exigente, y terminó elegido obispo de Hipona, donde durante treinta y cuatro años formó a su gente con sermones y escritos que ayudaron a sostener la fe frente a los errores de su época. Su historia me recuerda que la conversión no termina en un instante: pide una entrega perseverante.
La primera lectura de hoy, de la carta de san Pablo a los corintios, tiene algo que ver con ese mismo camino: lo que a los ojos del mundo parece necedad, la cruz, es donde se esconde tu fuerza verdadera. Agustín tuvo que soltar sus propias certezas y caminos para abrirse a esa sabiduría que el mundo puede considerar locura, y ahí encontró la sabiduría que de verdad lo sostenía. El salmo de hoy me invita a lo mismo: a alegrarme en ti no porque todo esté resuelto, sino porque tu bondad no depende de mis cálculos ni de mi preparación.
Gracias, Jesús, por esta mañana en la que puedo comenzar de nuevo. Quiero caminar con la lámpara encendida y cultivar con paciencia una fidelidad que no nace de repente. Concédeme una paz que supere lo que alcanzo a comprender; cuando se haga presente entre mis tareas, ayúdame a reconocerla y recibirla. Que no me apoye únicamente en mis certezas, como le ocurrió a Agustín por un tiempo, sino que acoja la sabiduría de tu cruz, aunque el mundo la considere necedad. Por la intercesión de san Agustín, dame perseverancia para vivir este día con el corazón atento. Mantén despierta mi fe, no por temor a una espera prolongada, sino con la serenidad de quien se prepara con paciencia. Acompáñame en las tareas de este viernes y recibe mi gratitud por este nuevo comienzo. Amén.