Leer y rezar
Daily devotional
Leer junto
Jesús, recibo este jueves veintisiete de agosto con la claridad serena de la mañana colombiana, todavía dentro del tiempo ordinario, ese tramo del año que no reclama grandes fiestas para que te hable. Hoy la Iglesia recuerda a santa Mónica, una madre que acompañó con oración y lágrimas la conversión de su hijo Agustín, sin saber cuándo llegaría esa respuesta ni por qué camino. Su historia me recuerda que hay esperas que no están en mis manos, y que la fe no es apurar tus tiempos sino permanecer despierto mientras llegan. Quiero entrar en este día con un momento de silencio, antes de dejarme llevar por sus tareas, y quedarme contigo en ese umbral.
El evangelio de hoy según san Mateo habla de vigilancia. Cuentas la historia de un siervo al que su señor deja a cargo de la casa, y adviertes que la fidelidad no se mide en el momento en que todos miran, sino en lo que se hace cuando el dueño tarda en volver. El siervo que falla es el que, al ver que la espera se alarga, se desentiende de su responsabilidad y maltrata a los demás. Esa imagen me interpela esta mañana: no se trata de vivir con miedo a un reloj, sino de sostener hoy la misma fidelidad que sostendría si supiera que hoy mismo te encuentro cara a cara.
La primera lectura, de la carta a los corintios, me recuerda algo que necesito escuchar antes de vigilar por mi cuenta: la fidelidad no depende primero de mi esfuerzo, sino del tuyo. Pablo agradece que ya has enriquecido a esa comunidad con dones para hablar y para entender, y afirma que tú mismo los sostendrás firmes hasta el final, porque eres fiel a quien llama. Quiero recibir hoy esa misma certeza: no vigilo solo para no fallar, vigilo porque confío en que tú sostienes lo que empezaste en mí.
El salmo de hoy es puro reconocimiento de tu grandeza, de generación en generación, de una bondad que no se agota. Ponerlo en mi boca esta mañana es una manera de empezar el día diciendo la verdad sobre ti antes de decir nada sobre mis afanes.
En este comienzo, el silencio puede ayudarme a mirar con honestidad lo que llevo dentro. Tú conoces ese espacio y puedes volverlo una ocasión de encuentro con el Padre. Esta mañana quiero recibir mi propia soledad, este rato antes de que empiece todo, no como un vacío que hay que llenar rápido, sino como un espacio para permanecer contigo.
También vuelvo la mirada a santa Mónica, que oró por la conversión de Agustín en medio de muchas lágrimas. Yo también te pido una paz que no dependa de que todo se resuelva ya; hazme capaz de acogerla aun dentro de la espera y no confundirla con la simple calma de que no pase nada.
Jesús, recibe esta mañana mi deseo de permanecer fiel: atento a lo pequeño de hoy, sin esperar a que llegue un día especial para tratarte a ti y a los demás como corresponde. Dame la certeza de que tú sostienes lo que has comenzado en mí, para no vigilar con miedo sino con confianza. Enséñame a acoger el silencio de esta mañana como un espacio para encontrarte antes de salir a lo que me espera afuera. Regálame una paz serena en medio de lo pendiente, y hazme capaz de acogerla sin exigir que todo esté resuelto. Por la intercesión de santa Mónica, mujer de oración y virtud, concédeme constancia para acompañar a las personas y vivir las esperas que hoy llevo en el corazón. Permanece a mi lado en esta jornada, guarda mis palabras y mis decisiones, y hazme un servidor despierto y fiel. Amén.