Oración del día

La oración del 26 de agosto

miércoles, 26 de agosto

Esta fue la oración de este día, con voz, para volver a rezarla con calma cuantas veces quieras.

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Buenos días, Jesús. Hoy es miércoles veintiséis de agosto, y aquí en Colombia la mañana se abre bajo el verde tranquilo del tiempo ordinario. Antes de que el día me llene de pendientes y decisiones por tomar, quiero detenerme contigo un momento, como quien abre una ventana para que entre el aire fresco antes de salir a la calle. La Iglesia recuerda hoy a san Melquisedec, y su sola memoria me recuerda que toda jornada, por ordinaria que parezca, puede convertirse en un espacio de bendición. Quiero que este comienzo lo sea: no una carrera apurada hacia lo urgente, sino un rato de quietud donde te escucho primero a ti.

El evangelio de hoy según san Mateo me pone delante una pregunta incómoda. Hablas de sepulcros pintados de blanco, hermosos por fuera y llenos de huesos por dentro, y de quienes levantan monumentos a los profetas del pasado sin permitir que esa verdad transforme su presente. La imagen me examina: cuánto de lo que muestro coincide con lo que realmente llevo dentro, y si estoy dispuesto a vivir hoy lo bueno que reconozco en otros.

El salmo de hoy llama dichoso a quien camina en el temor de Dios, come del fruto de su trabajo y recibe en ello una bendición sencilla, sin lujos ni atajos. Quiero que esa sencillez oriente mis decisiones: no buscar lo más brillante por fuera, sino lo que pueda sostener con honestidad.

Cuando las decisiones vuelven una y otra vez a mi cabeza, no te pido que despejes cada detalle desde este instante. Concédeme serenidad para distinguir el camino que debo seguir y firmeza para reconocerlo cuando se presente, sin quedar atrapado en la misma inquietud.

La primera lectura, de la carta a los Tesalonicenses, presenta el trabajo responsable y la necesidad de no cargar a otros con lo que a cada uno le corresponde. Hacia el final de ese pasaje, Pablo pide que el Señor de la paz conceda su paz siempre y de todas las maneras. Quiero llevar esta enseñanza a mi jornada: asumir mi tarea con constancia y buscar una calma que me ayude a decidir bien, no una excusa para aplazar lo necesario.

También recuerdo que te retirabas a lugares apartados para estar con el Padre. Esta mañana quiero acoger un momento de silencio como una ocasión para presentarle lo que llevo dentro y recibir claridad para lo que debo decidir afuera.

Jesús, al comenzar este miércoles, ayúdame a vivir desde la verdad y a que mis decisiones expresen lo que llevo dentro. Que el trabajo de hoy sea responsable y honesto, sin trasladar a otros lo que me corresponde asumir. Si la inquietud vuelve a ocupar mi pensamiento, llévame a presentarte ante el Padre lo que no sé ordenar y dame serenidad para actuar con claridad. Por la memoria de san Melquisedec, te pido que esta jornada esté marcada por la bendición sencilla de lo bien hecho. Camina conmigo en cada decisión, acompaña mis tareas y hazme perseverar en lo bueno. Amén.