Leer y rezar
La pregunta que orienta el domingo
Leer junto
Muy de mañana, Señor, antes de que la casa despierte del todo, vengo a buscarte en silencio. Hoy es domingo veintitrés de agosto, y la Iglesia en Colombia vive este domingo del tiempo ordinario, vestida de verde, sin una fiesta que interrumpa el paso sencillo de las semanas. No traigo hoy una petición concreta que le ponga nombre a mi jornada; vengo, más bien, con la pregunta que tú mismo lanzaste a tus discípulos y que hoy escucho dirigida a mí. Antes de que empiece a moverme, quiero quedarme un instante en esta quietud, dejando que tu pregunta me alcance antes que cualquier otra voz del día.
La escena de Pedro ante ti me ayuda a mirar mi propia fe. En el evangelio proclamado hoy, preguntas a tus discípulos qué se dice de ti y después los llevas a una respuesta personal. Pedro te reconoce como el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Esa confesión no nace solamente de una deducción humana: el Padre se la revela. No quiero pronunciarla como una fórmula distante, sino dejar que transforme mi forma de vivir.
Al confiarle las llaves del Reino y hablar de atar y desatar, conviertes la autoridad en una tarea recibida. En tu Iglesia, no es motivo de orgullo, sino una responsabilidad para servir y cuidar. La primera lectura presenta también la llave sobre el hombro de un servidor. Ante estas dos escenas, comprendo que la fe tiene consecuencias concretas: debo cuidar lo que pones en mis manos y actuar con fidelidad en lo pequeño.
El salmo me invita a alabarte con todo el corazón y a agradecer que atiendes la voz de quien te invoca. La carta a los Romanos me conduce a reconocer la profundidad de tu sabiduría: todo procede de ti, se sostiene en ti y encuentra en ti su finalidad. Puedo hacer preguntas sin convertirlas en una exigencia de control, y puedo avanzar aunque no comprenda cada paso.
Este momento apartado del ruido me ayuda a disponerme para tu presencia y a ordenar mis pensamientos. Concédeme una serenidad firme para obrar con claridad, aun cuando todavía no conozca el desenlace. Santa Rosa, nacida en Lima, cultivó en su casa una vida de piedad y virtud. Después, al vestir el hábito de la tercera Orden de Santo Domingo, avanzó en la penitencia y en la contemplación mística. Su memoria me recuerda que una entrega profunda puede comenzar en lo cotidiano.
Señor Jesús, hoy quiero responder a tu pregunta con la fe sencilla de Pedro, aunque mis palabras sean más pequeñas: creo que eres tú quien camina conmigo en este domingo. Dame esa paz que supera todo entendimiento, y enséñame a reconocerla cuando llegue, sin apurarme a nombrarla antes de tiempo. Ábreme, como abriste el corazón de tu Iglesia con las llaves que le entregaste a Pedro, a lo que hoy debo emprender, y ciérrame el paso a lo que solo trae ruido. Que la hondura de tus designios, que no entiendo ni necesito entender por completo, me sostenga en la confianza en vez de la ansiedad. Acompáñame, con la intercesión de Rosa, a buscar en el silencio de esta mañana el mismo encuentro que tú buscabas en el desierto junto al Padre. Que este domingo, desde su primer momento, sea tuyo. Amén.