Leer y rezar
En el silencio de la mañana
Leer junto
Todavía no despierta del todo la ciudad cuando vengo a buscarte, Señor, en este viernes veintiuno de agosto, día en que la Iglesia en Colombia recuerda a san Pío Décimo, papa, y viste de blanco en medio del tiempo ordinario. Últimamente el silencio de la mañana no se siente como compañía, sino como un espacio vacío que no sé cómo llenar. Antes de que empiecen las tareas y las voces de siempre, quiero preguntarte si este silencio también puede ser tuyo, si detrás de esta quietud hay algo que todavía no he sabido escuchar. Abre mis oídos antes de que el ruido del día los cierre otra vez.
La primera lectura de hoy, del profeta Ezequiel, describe un valle cubierto de huesos secos, la imagen misma de lo que ya no tiene fuerza ni esperanza. Tú le preguntas al profeta si esos huesos pueden volver a vivir, y él te responde lo único honesto que se puede responder en ese momento: solo tú lo sabes, Señor. Entonces tu espíritu sopla sobre ellos, y lo que estaba seco se cubre de carne, recupera aliento y se levanta de pie. No es una escena para admirar de lejos; es la promesa de que ningún vacío, por árido que se sienta, queda fuera de tu alcance. El salmo responde a esa misma escena con gratitud, como quien recuerda que ha sido sacado de la angustia y vuelto a poner en pie.
Pienso en Jesús, que sabía apartarse de la gente y buscar un lugar sin voces, no para huir de nadie, sino para permanecer ante ti con el corazón despejado. Ese retiro no convertía la soledad en abandono; podía volverla un momento de encuentro. Quizá la mía tampoco tenga que sentirse como abandono. Quizá esta mañana, con su silencio todavía árido, sea el valle donde quieres soplar tu aliento sobre lo que en mí se ha secado.
El evangelio de hoy, según san Mateo, recoge la pregunta sobre cuál es el mandamiento más grande, y tu respuesta no separa dos amores, los une: amarte a ti con todo lo que soy, y amar a quien tengo cerca como me amo a mí mismo. Ese es el orden que nace de un corazón que ha pasado por el desierto primero: el encuentro contigo a solas, y desde ahí, sin perderte de vista, la mirada que se abre hacia los demás. Hoy la Iglesia celebra también a san Pío Décimo, papa, y su memoria me recuerda que hasta quien lleva grandes responsabilidades necesita ese espacio de encuentro contigo antes de salir a servir.
Señor, en este viernes te pido que soples tu aliento sobre lo que en mí está seco o cansado, como hiciste con aquel valle de huesos. No quiero temerle a la soledad de esta mañana; quiero vivirla contigo antes de enfrentar el resto del día. Concédeme una paz que no dependa de tenerlo todo claro; cuando se abra paso en esta jornada, dame atención para distinguirla y no perderla entre el ruido. Ayúdame a amarte hoy con todo lo que soy, y desde ahí, a mirar a quienes me rodean sin indiferencia. San Pío Décimo, papa, intercede por mí para que sepa buscar tu encuentro antes de salir a cumplir con las tareas de este día. Que este viernes veintiuno de agosto empiece contigo, en silencio, antes de empezar con cualquier otra cosa. Amén.