Oración del día

La oración del 20 de agosto

jueves, 20 de agosto

Esta fue la oración de este día, con voz, para volver a rezarla con calma cuantas veces quieras.

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Un corazón nuevo para responder a la invitación

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Buenos días, Señor. Hoy es jueves veinte de agosto, y la Iglesia en Colombia viste de blanco para celebrar a san Bernardo, abad y doctor, en este tiempo ordinario. Antes de que el día me arrastre con sus tareas, vengo a ponerme frente a ti, como quien recibe una invitación y todavía no sabe si va a responder. Las lecturas de hoy hablan de un corazón que se renueva y de una fiesta a la que todos están llamados. Quiero empezar esta jornada dejando que esa invitación me alcance primero a mí, antes que a nadie más.

La primera lectura recoge una promesa que haces por medio del profeta: quitar el corazón de piedra y poner uno de carne, lavar lo que está manchado y sembrar un espíritu nuevo en quien te escucha. El salmo responde con esa misma súplica hecha oración, pidiéndote un corazón limpio y la alegría de sentirse salvado. No es una promesa guardada para otro momento de la historia; es una palabra que hoy se dirige a lo que traigo endurecido, a lo que llevo por costumbre sin examinar.

El evangelio según san Mateo cuenta la parábola de un rey que prepara la fiesta de bodas de su hijo y envía a llamar a los invitados, pero estos se excusan, ocupados en sus propios asuntos, y algunos hasta responden con violencia a los mensajeros. Entonces el rey abre las puertas a cualquiera que se encuentre en el camino, para que la sala se llene de gente. Ahí aparece un detalle que no puedo pasar por alto: uno de los que entraron no llevaba el traje adecuado para la fiesta, y eso también importa. No basta con cruzar la puerta; hace falta dejarse vestir por dentro, dejar que ese corazón nuevo del que habla la primera lectura sea también el traje con que me presento.

Pienso en san Bernardo, a quien la Iglesia recuerda hoy. Nació en Francia y recibió una educación piadosa; después se unió a los monjes cistercienses y poco después fue puesto al frente del monasterio de Claraval, para bien de sus monjes. Cuando la Iglesia de su tiempo se vio dividida, viajó por Europa buscando reconciliar a los que estaban enfrentados, y dejó numerosos escritos sobre teología y ascética. Su ejemplo me recuerda que la paz y la unidad piden salir al encuentro de quienes están enfrentados. Haz que la paz que recibo de ti me disponga también a servir a otros.

Por eso te pido esta mañana una paz más honda que mis planes y razonamientos, para que, cuando se haga presente, sepa acogerla y no la deje pasar de largo, como quien se excusa de la fiesta por estar ocupado en otra cosa.

Señor, hoy te pido un corazón nuevo, uno que no se endurezca frente a tu invitación ni la posponga por costumbre o por miedo. Vísteme por dentro con esa disposición que la fiesta de tus bodas requiere, para no llegar con las manos vacías cuando me llames a la mesa. Concédeme una paz serena que no dependa de tenerlo todo bajo control; hazme atento para recibirla aun cuando se presente de manera inesperada. San Bernardo, que buscaste la unidad de la Iglesia en medio de sus divisiones, intercede por mí para que también yo sepa servir a los demás con un corazón dispuesto. Que este jueves veinte de agosto no pase como uno más, sino como el día en que decidí responder a tu invitación con el corazón que tú mismo quieres darme. Amén.