Leer y rezar
Una casa abierta a todos
Leer junto
Este domingo dieciséis de agosto, la Iglesia en Colombia celebra el domingo vigésimo del tiempo ordinario, con el verde de la esperanza que acompaña el caminar de cada día. Al abrir los ojos esta mañana, antes de que empiece el ajetreo, quiero detenerme contigo, Señor, y poner en tus manos esta jornada que comienza. Las lecturas de hoy hablan de una casa abierta a todos los pueblos, de un Dios que quiere ser reconocido por toda la tierra, y de un encuentro donde la fe insiste hasta ser escuchada. Que ese mismo espíritu de apertura marque mi día: que no cierre puertas que tú quieres abiertas, ni deje de buscarte con la insistencia de quien sabe que vale la pena. Aquí estoy, Señor, al comienzo de este domingo, dispuesto a escuchar lo que quieras decirme.
Hoy el evangelio según san Mateo puede ocupar el centro de nuestra meditación. Jesús llega a la región de Tiro y Sidón y allí una mujer que no pertenece a su pueblo le ruega por su hija. Ella mantiene su súplica frente al silencio inicial y a las palabras que ponen a prueba su confianza. Jesús termina reconociendo su gran fe y atiende su petición. También nosotros podemos llevar ante ti una necesidad repetida, sin saber cuándo llegará una respuesta; esta mujer nos anima a perseverar en la oración.
Isaías anuncia que la casa de Dios será casa de oración para todos los pueblos. El salmo pide que Dios se muestre bondadoso y que su salvación alcance a las naciones, para que todos lo alaben. La carta de san Pablo a los Romanos proclama que los dones y el llamado de Dios no se retractan, y habla de su misericordia para con todos. Así, las lecturas ensanchan nuestra mirada y nos llaman a no levantar barreras por el origen de los demás.
El calendario recuerda a san Esteban. Tras su bautismo, llegó a ser rey de Hungría. Ejerció su autoridad con justicia, serenidad y piedad, procurando el bien de su pueblo. Durante su reinado estableció varias sedes episcopales y contribuyó de manera notable a la vida de la Iglesia. Su ejemplo nos invita a hacer visible la fe en la manera de tratar y servir a quienes tenemos cerca.
Gracias, Señor, por este domingo y por la palabra que hoy ensancha mi mirada hacia todos los pueblos. Conserva en mí la perseverancia de la mujer del evangelio cuando lleve ante ti una necesidad y no vea una respuesta inmediata. Enséñame a recibir a quienes son distintos de mí y a ofrecer ayuda sin levantar barreras. Pon serenidad en mis decisiones y orienta mi corazón para reconocer tu paz cuando se haga presente. Al recordar a san Esteban, que buscó la justicia, la paz y el bien de sus súbditos, forma también mis palabras y mis actos para el servicio de quienes me rodean. Acompáñame en cada encuentro de hoy y acércame a ti. Amén.