Leer y rezar
La calma que guía el camino
Leer junto
Hoy es sábado quince de agosto, y Colombia amanece con una fiesta grande: la Asunción de la Virgen María, el día en que ella, con cuerpo y alma, fue llevada a la presencia de Dios. Es una mañana de color blanco, de fiesta, de mirar hacia arriba con esperanza. La Iglesia recuerda también hoy a un santo de nombre Jacinto, cuya memoria queda envuelta esta mañana en la luz de la celebración mayor. Pero quiero que empecemos mirando a María, no quieta en un templo, sino en camino: apenas recibida la noticia del ángel, se levantó y salió de prisa hacia la casa de su prima Isabel. Ese primer paso suyo, ese salir al camino, es la puerta por la que quiero entrar hoy contigo.
Cristo mismo, ya adulto, sabía retirarse a un lugar apartado, al desierto, para encontrarse con su Padre. Hay momentos en que el silencio puede abrirnos un espacio para escuchar a Dios. María también emprendió aquel camino hacia las montañas y, al llegar donde Isabel, después del saludo, su fe se volvió canto. En ese himno de alabanza no hay miedo ni cálculo, sino una entrega que reconoce con gozo lo que Dios ha hecho en ella. La primera lectura de hoy, tomada del Apocalipsis, presenta una visión grande, llena de signos, que anuncia una victoria que ya se cumple. Y la segunda, de la carta a los Corintios, asegura que en Cristo resucitado la muerte pierde su dominio, y que todos los que están unidos a él serán llevados a la vida. La fiesta de hoy es, en el fondo, ese anuncio hecho realidad en una sola mujer: lo que Cristo alcanzó primero, ella ya lo vive por entero. Y quizás tú, en este sábado, también estés recorriendo en soledad un camino, tratando de decidir un paso sin tener todavía todas las certezas. No busques apagar ese momento llenándolo de ruido; puede ayudarte, en cambio, a escuchar lo que de verdad importa. Pide, en el fondo del corazón, una paz que te sostenga aun sin respuestas completas, y dale espacio para obrar en ti: no será un argumento que convence, sino una calma que se queda.
Señor, en esta mañana de fiesta te pido que me enseñes a caminar como caminó María: con prontitud y confianza, pero nunca lejos de ti. Pon serenidad en lo que emprenda y hazme capaz de recibirla sin exigir que todo esté claro. Que la victoria sobre la muerte que hoy celebramos en tu Madre sostenga mi confianza cuando llegue una dificultad. Por la intercesión de María, llevada con cuerpo y alma junto a ti, y de san Jacinto, santo del día, acompaña las decisiones que tengo por delante este sábado. Que si hoy debo decidir algo, no lo haga desde la prisa ni desde el miedo, sino desde esa calma que solo tú das. Gracias por este día nuevo. Amén.