Leer y rezar
El perdón sin límites: San Ponciano y San Hipólito
Leer junto
Hoy es jueves trece de agosto, y en Colombia la Iglesia vive un jueves sencillo del tiempo ordinario, vestida del verde de los días comunes, sin fiesta grande. Hoy la Iglesia recuerda a dos mártires antiguos, Ponciano e Hipólito: él fue obispo de Roma, hasta que la persecución del emperador lo obligó a dejar su cargo y su ciudad; fue desterrado a una isla junto al presbítero Hipólito, y allí murió, lejos de todo lo conocido. La Iglesia los honra juntos desde los primeros siglos, dos hombres que tuvieron que soltarlo todo y que, en la soledad del destierro, no dejaron de pertenecer a Dios. Jesús también buscaba esos ratos de silencio para sentirse cerca del Padre. Quizá tú también empiezas este día con algo por decidir, algo que no sabes bien cómo resolver. Antes de salir de casa, date este minuto de soledad: no es un escape de lo que viene, es el espacio donde puedes escuchar lo que Dios quiere decirte antes de que el día te alcance.
La primera lectura de hoy nos presenta al profeta Ezequiel haciendo algo extraño por orden de Dios: empacar su equipaje a la vista de todos, salir de su casa por un hueco abierto en el muro, cargar sus cosas al hombro como quien parte al destierro, sin pronunciar una sola palabra. Su cuerpo entero se vuelve mensaje para un pueblo que no quiere escuchar. Hay decisiones así en la vida: se muestran, se caminan, se cargan al hombro, mucho antes de poder explicarlas con palabras. El salmo de hoy, por su parte, nos recuerda que aun cuando el pueblo se aparta y se olvida, Dios sigue teniendo compasión y sigue sosteniéndolo. Y esa misma compasión es el corazón del evangelio de hoy según san Mateo: Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar a quien le falla, esperando que haya un límite razonable, y Jesús le responde con una cifra que en realidad quiere decir sin límite. Luego cuenta la historia de un servidor a quien le perdonan una deuda enorme, imposible de pagar, y que después no es capaz de perdonar una deuda mucho más pequeña a otro. Ahí queda al descubierto cuánto nos cuesta recibir el perdón de Dios con gratitud y, al mismo tiempo, negárselo a quien nos debe algo tan menor. Quizás hoy tengas que decidir qué hacer con alguien que te hizo daño, o con una situación que te exige actuar sin tener toda la claridad que quisieras. Ahí es donde vale la pena pedir, en la intimidad de ese silencio del que hablábamos, la calma necesaria para dar el paso siguiente sin quedarnos atrapados en el resentimiento. Ponciano e Hipólito, desterrados juntos por su fe, murieron lejos de casa, pero la Iglesia los recuerda unidos, como signo de que ninguna soledad impuesta logra separarnos del todo de Dios ni de los hermanos. Que su memoria, tan callada, sea hoy una invitación silenciosa a soltar lo que todavía cargamos contra otro.
Señor, antes de empezar este jueves, quiero quedarme un momento a solas contigo, como Jesús también sabía buscar la quietud para estar cerca del Padre. En esa pausa te pido: aquieta mi corazón y oriéntame cuando tenga que decidir algo hoy sin toda la claridad que quisiera. Enséñame a perdonar como tú perdonas, sin llevar la cuenta, sin guardar la deuda de nadie, porque yo mismo he recibido de ti un perdón que no merecía. Si hoy me toca cargar algo pesado, como Ezequiel cargó su equipaje al hombro para anunciar lo que vendría, dame fuerza para hacerlo sin perder la esperanza, confiando en que tú tienes compasión de tu pueblo incluso cuando se aleja de ti, y no lo abandonas. Por la memoria de los santos Ponciano e Hipólito, que atravesaron el destierro sin soltarte, ayúdame a no sentirme solo en lo que hoy me toque atravesar. Que este día, cualquiera que sea su tamaño, lo viva cerca de ti. Amén.