Oración del día

La oración del 12 de agosto

miércoles, 12 de agosto

Esta fue la oración de este día, con voz, para volver a rezarla con calma cuantas veces quieras.

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Daily devotional

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Hoy es miércoles doce de agosto, y en Colombia la Iglesia recuerda a santa Juana Francisca de Chantal, religiosa, con el verde sencillo del tiempo ordinario. No es un miércoles cualquiera: seguimos contando lo que dejó el terremoto, y en las conversaciones de la casa, del trabajo, del barrio, el tema vuelve una y otra vez, como si necesitáramos decirlo en voz alta para poder soportarlo. Si tú también amaneces pensando en eso, en los que perdieron algo, en los que todavía no saben bien cómo seguir, no lo apartes de tu oración de hoy. Antes de salir a lo que te espera, detente un instante y mira a tu alrededor: seguramente hay alguien cerca, un vecino, un compañero, un familiar, que también está cargando este peso. Esta mañana, cuando pidas por ti, pide también con los ojos abiertos a quienes caminan a tu lado. Dios no nos hizo para atravesar los temblores solos, y hoy, como veremos en el evangelio, quiere recordárnoslo de una manera muy concreta.

La primera lectura de hoy, del profeta Ezequiel, nos lleva a una escena difícil: en medio de un juicio duro sobre la ciudad, hay una orden que llama la atención, que alguien marque en la frente a los que se duelen y se lamentan por el mal que ven a su alrededor. Es una imagen que puede iluminarnos hoy: Dios se fija primero en quienes sufren con los demás, en quienes no se quedan indiferentes ante el dolor ajeno. Si en estos días te ha dolido lo que le pasó a otros, por ejemplo a una familia que no conoces o a un pueblo entero que perdió su techo, eso mismo es una forma de oración, una señal de que Dios ya te está mirando. El salmo de hoy canta algo que se siente hecho a la medida de este momento: que Dios levanta al pobre desde el polvo y saca al necesitado de la ceniza. No hay imagen más cercana a lo que ha vivido Colombia estas semanas: casas convertidas en escombro, calles cubiertas de polvo, y en medio de eso, gente que se agacha a levantar a otro, que aparta piedras con las manos, que ofrece lo poco que le queda. Ese gesto humano, tan sencillo, es también el gesto de Dios: él no mira desde lejos, se agacha con nosotros a levantar lo que se cayó. Y el evangelio de hoy según san Mateo nos regala una promesa que vale la pena llevar todo el día: que donde dos o tres se reúnen en su nombre, ahí está Jesús, en medio de ellos. Antes de esa promesa, el mismo evangelio habla de cómo cuidar los lazos entre hermanos, de hablar claro cuando algo nos separa, de buscar siempre el camino de vuelta a la unidad antes que dejar que la distancia se instale. Después de un terremoto, esa unidad no es un ideal lejano: se ve en las ollas comunitarias, en las cuadrillas que ayudan a limpiar los escombros, en los mensajes que preguntan si estás bien. Ahí, en esos grupos pequeños que se reúnen a ayudar, Cristo mismo está presente, aunque nadie lo nombre en voz alta. Hoy la Iglesia recuerda también a santa Juana Francisca de Chantal, religiosa. Aunque no conozcamos hoy los detalles de su historia, su sola vocación nos recuerda algo que necesitamos: que la vida entregada a Dios casi siempre se vive en compañía de otros, sostenida por una comunidad. Que su intercesión nos anime hoy a no replegarnos en nuestro propio dolor, sino a salir, aunque sea con las manos vacías, a estar cerca de quien lo necesita.

Señor, hoy te pido de manera especial por todos los que en Colombia siguen recogiendo lo que el terremoto dejó roto: por quienes perdieron su casa, por quienes todavía buscan a alguien, por quienes ayudan sin descanso desde hace días. Enséñame a no mirar para otro lado ante el dolor ajeno, y regálame la sensibilidad de dolerme con quien sufre, como aquellos que hoy recuerda tu primera lectura. Levántanos, como canta el salmo, desde el polvo y desde la ceniza, y hazlo también a través de manos como las mías, dispuestas a ayudar a levantar a otro. Gracias porque prometiste estar presente donde dos o tres nos reunimos en tu nombre; quédate entonces en cada grupo que hoy se junta para ayudar, para consolar, para reconstruir. Dame tu paz, esa que sobrepasa todo entendimiento, y enséñame a reconocerla cuando llegue, incluso en medio de lo que todavía duele. Por la intercesión de santa Juana Francisca de Chantal, que vivió su fe sostenida en comunidad, ayúdame a no cerrarme en mi propio miedo, sino a tender la mano a quien tengo cerca. Que ninguno en mi país tenga que atravesar esto solo. Amén.