Leer y rezar
San Lorenzo: la entrega que da fruto
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Hoy es lunes diez de agosto, y la Iglesia en Colombia se viste de rojo para celebrar a san Lorenzo, diácono y mártir. Ese color intenso, el color de la sangre entregada, abre esta mañana de un modo distinto: hoy el verde sereno de un lunes cualquiera cede su lugar al rojo de una vida que se jugó entera. El evangelio de hoy según san Juan habla de un grano de trigo que cae en la tierra: si no muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto. Antes de que empieces a moverte, a revisar pendientes, a salir de casa, deja que esa imagen se quede un momento contigo. Hoy, como cada lunes, algo en ti puede sembrarse.
San Lorenzo era diácono de la Iglesia de Roma y murió mártir en la persecución del emperador Valeriano, cuatro días después de Sixto segundo, papa, y de sus compañeros, los cuatro diáconos romanos. Su cuerpo fue sepultado junto a la vía Tiburtina, y con el tiempo el emperador Constantino levantó allí una basílica; ya en el siglo cuarto, su culto se había extendido por toda la Iglesia. Su testimonio de fidelidad hasta la muerte puede acompañar la enseñanza de la primera lectura de hoy, tomada de la carta a los Corintios: que la ofrenda no salga a la fuerza ni con tristeza, porque Dios ama a quien da con alegría. Y el salmo de este día describe a la persona justa como alguien que reparte sin miedo, que presta, que comparte con el necesitado, y que por eso permanece firme, sin temor a las malas noticias. Esa clase de entrega, silenciosa, sostenida, alegre, no nace de un impulso pasajero. Puede madurar en un espacio hondo de silencio, donde encuentres al Padre antes de volver a la multitud. Quizás por eso vale la pena que también tu día empiece en un rincón de silencio, aunque sea breve, antes de salir a dar lo que hoy te toque dar. Después vuelves a la gente con las manos ya llenas de algo que compartir. La soledad de la mañana, bien mirada, no es ausencia: puede convertirse en un espacio para encontrarte con Dios antes de encontrarte con todo lo demás. Pídele en ese silencio una paz serena que te acompañe aunque todavía no tengas resueltas todas las cuentas del día, y déjate guiar por ella en cada decisión, grande o pequeña.
Señor, hoy te pido que mi jornada sea como el grano de trigo del que habla tu evangelio: dispuesto a soltar lo que guardo, aunque me cueste, para que algo nuevo pueda crecer. Abre dentro de mí un espacio de quietud antes de salir, para que reciba este día con atención y no me deje arrastrar por la prisa. Enséñame a dar lo que tenga que dar sin apretar el puño, con la alegría de la que habla tu apóstol, y no por obligación ni por quedar bien. Que sea capaz de compartir el tiempo, la atención, lo poco o lo mucho que tenga, como lo describe el salmo de hoy sobre quien reparte sin temor. Concédeme también una paz serena y enséñame a percibirla aun cuando el ajetreo quiera ocultarla. Por la intercesión de san Lorenzo, cuyo ejemplo de generosidad sin reservas ilumina este día, fortalece también mi propia entrega, por pequeña que sea. Amén.