Leer y rezar
Una fe pequeña pero verdadera: Santo Domingo de Guzmán
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Buenos días. Hoy es sábado ocho de agosto, y la Iglesia viste de blanco para recordar a santo Domingo de Guzmán, presbítero, en este tiempo ordinario que sigue su curso sereno. Es sábado, y tal vez la agenda de hoy pese menos que la de otros días; aprovecha ese respiro para dejar que el silencio de esta mañana te ubique frente a Dios antes de que empiece el bullicio. No necesitas tener resuelto nada todavía. Basta con abrir el día reconociendo que Dios ya está aquí, esperándote con paciencia, dispuesto a caminar contigo desde el primer café hasta la última tarea.
Cuando una dificultad te supera, el evangelio de hoy habla de una fe pequeña pero verdadera, del tamaño de un grano de mostaza. Los discípulos de san Mateo intentan liberar a un muchacho atormentado y no lo logran; Jesús les enseña que esa fe diminuta basta para mover lo que parece imposible. La primera lectura recoge la queja de un profeta ante la violencia que lo rodea, y la respuesta que recibe: quien vive de la fe permanece en pie, aunque la visión tarde en cumplirse. El salmo añade que Dios no abandona a quien lo busca, y que quienes conocen su nombre pueden confiar en él.
Hoy la Iglesia recuerda también a santo Domingo de Guzmán. Nació hacia mil ciento setenta en Caleruega, en el norte de España, y desde allí emprendió el camino que lo llevó a estudiar teología en Palencia y a servir como canónigo en la catedral de Osma. Frente al avance de la herejía albigense respondió predicando, sostenido por la coherencia de su propia vida; los compañeros que se sumaron a esa tarea dieron forma, con el tiempo, a la Orden de Predicadores. Murió en Bolonia el seis de agosto de mil doscientos veintiuno.
Cristo mismo se retiraba al desierto para encontrarse con el Padre en silencio. Buscar hoy unos minutos de quietud puede ayudarte a escuchar con más libertad y a volver al resto del día con una raíz más honda. Pídele a Dios esa confianza pequeña pero real, y una paz que no dependa de entenderlo todo; cuando llegue, acógela y deja que oriente tus decisiones de este sábado.
Aquí estoy, Señor, con la fe que tengo, pequeña pero verdadera. Cuando me parezca insuficiente, recuérdame que puedo ponerla en tus manos y seguir avanzando. Enséñame a reservar un espacio de silencio contigo, como hacía Cristo al retirarse al desierto, para que mis palabras y mis actos nazcan de un encuentro real contigo y no solo de mi propio esfuerzo. Concédeme una paz que pueda recibir aun cuando no entienda todo, y un corazón atento para descubrirla cuando se presente. Que la esperanza de la primera lectura me sostenga mientras espero lo que todavía no veo. Por la intercesión de santo Domingo de Guzmán, dame el valor de anunciar con mi vida lo que creo en el corazón. Amén.