Leer y rezar
Cuando el viento sopla en contra
Leer junto
Hay lunes que comienzan antes de que uno se sienta preparado. Suena la alarma, llegan los primeros mensajes y la cabeza se llena de pendientes. Antes de levantarnos ya estamos pensando en una conversación difícil, una cuenta por pagar, una decisión que no hemos podido tomar o una preocupación que nos acompañó durante la noche.
En medio de ese comienzo apresurado, el Evangelio de hoy presenta una imagen distinta. Después de despedir a la multitud, Jesús sube solo al monte para orar. Mientras tanto, los discípulos avanzan por el lago y la barca comienza a ser golpeada por las olas, porque el viento sopla en contra.
Ellos reman, pero parece que no avanzan. Hacen lo que saben hacer, emplean sus fuerzas y, aun así, la noche se vuelve más difícil.
Muchos días se sienten exactamente así. Uno cumple, insiste y vuelve a intentarlo, pero todo parece ofrecer resistencia. El trámite no avanza, la respuesta no llega, la relación continúa tensa o el esfuerzo no produce el resultado esperado. Entonces surge una pregunta que muchas veces no decimos en voz alta: ¿dónde está Dios mientras yo lucho con todo esto?
El Evangelio no dice que los discípulos evitaron la tormenta. Jesús no impidió que el viento soplara ni hizo desaparecer de inmediato la oscuridad. Pero tampoco perdió de vista la barca. En plena noche fue hacia ellos, caminando sobre aquello que los llenaba de miedo.
Al principio no lo reconocieron. Su presencia les resultó tan inesperada que la confundieron con una nueva amenaza. Algo parecido puede sucedernos: pedimos que Dios nos ayude, pero esperamos que lo haga de una manera determinada, y cuando la respuesta llega por otro camino, una espera, una corrección, una persona inesperada o una decisión que exige valentía, muchas veces no la reconocemos.
Entonces Jesús les dice: "Ánimo, soy yo, no tengan miedo". Antes de mostrarles cómo terminará la noche, les recuerda algo más sencillo: quién está caminando hacia ellos.
Pedro sale de la barca y comienza a caminar hacia Jesús. Pero cuando concentra toda su atención en la fuerza del viento, el miedo vuelve a ocupar el centro. Empieza a hundirse y solo alcanza a decir: "Señor, sálvame". Jesús extiende la mano inmediatamente.
Esta escena nos recuerda que la fe no consiste en no sentir miedo. Pedro tuvo fe suficiente para dar un paso y, aun así, se asustó. La fe también consiste en saber a quién llamar cuando las fuerzas ya no alcanzan. Hay oraciones que no necesitan frases elaboradas. A veces basta decir desde lo profundo: "Señor, ayúdame. No puedo con esto solo".
La primera lectura también advierte sobre las promesas fáciles. El profeta Jananías anuncia una solución rápida, pero Jeremías sabe que una promesa agradable no se vuelve verdadera solo porque deseamos escucharla. La esperanza cristiana no niega la realidad: se apoya en la fidelidad de Dios y nos ayuda a enfrentar con verdad lo que tenemos delante.
La paz de Dios no siempre llega como una certeza completa. Puede comenzar como la fuerza necesaria para hacer la llamada que hemos evitado, pedir ayuda, reconocer una equivocación o dar el siguiente paso sin conocer todavía todo el camino. No elimina automáticamente el viento, pero evita que el miedo gobierne la barca.
Hoy también se recuerda a santa Lidia. Cuando escuchó el anuncio de san Pablo, abrió el corazón y después abrió su casa. Su encuentro con Dios se convirtió en hospitalidad concreta. La fe no se quedó encerrada en una emoción privada: hizo espacio para otros.
Tal vez esa sea también una invitación para este lunes. En medio de tus preocupaciones, procura que el afán no cierre tu corazón. Quizá alguien cerca de ti también está remando contra el viento. Una conversación atenta, una ayuda sencilla o un mensaje enviado a tiempo pueden acercarle un poco de consuelo.
El propósito de hoy es concreto: cuando sientas que la preocupación comienza a crecer, no respondas inmediatamente desde el miedo. Detente un momento. Respira. Nombra delante de Dios aquello que te inquieta y pregúntate cuál es el siguiente paso posible, en lugar de exigirle a tu mente que resuelva todo de una vez.
Y si durante el día vuelves a hundirte en pensamientos que no te dejan avanzar, repite la oración de Pedro: "Señor, sálvame". Es, sencillamente, el reconocimiento humilde de que hay una mano más firme que la tuya.
Señor, al comenzar esta semana pongo ante ti aquello que me preocupa. Tú conoces los vientos que hoy soplan en contra, las decisiones que debo tomar y las situaciones que no puedo controlar.
Cuando el miedo me impida reconocerte, recuérdame que estás cerca. Cuando me falten fuerzas, extiende tu mano y ayúdame a dar el paso que me corresponde.
Dame sabiduría para no confundir las respuestas fáciles con la verdad, ni la prisa con la dirección correcta. Enséñame a esperar sin quedarme inmóvil, a actuar sin dejarme dominar por el afán y a confiar sin negar las dificultades.
Por intercesión de santa Lidia, abre también mi corazón. Que mis preocupaciones no me vuelvan indiferente a quien necesita ser escuchado, recibido o acompañado.
Camina conmigo en esta mañana, Señor. Entra en la barca de mis tareas, mis conversaciones y mis decisiones. Y aunque el viento todavía sople, concédeme avanzar sabiendo que no estoy solo.
Amén.