Oración del día

La oración del 2 de agosto

domingo, 2 de agosto

Esta fue la oración de este día, con voz, para volver a rezarla con calma cuantas veces quieras.

Leer y rezar

8/2/2026

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Hay momentos en los que uno mira lo que tiene delante y siente que no alcanza. No alcanza el dinero para todo lo pendiente, no alcanzan las horas para tantas obligaciones, ni las fuerzas para sostener lo que se ha vuelto demasiado pesado.

En esos momentos hacemos cuentas. Calculamos lo que falta, repasamos los problemas y llegamos rápido a la conclusión de que es imposible. Nos pasa en la casa, cuando el mercado debe rendir hasta fin de mes, y nos pasa en el corazón, cuando alguien necesita de nosotros más de lo que creemos poder ofrecer.

El Evangelio de este domingo comienza con una necesidad que supera todos los recursos disponibles. Una multitud ha seguido a Jesús hasta un lugar apartado. La tarde avanza, la gente tiene hambre y los discípulos ven con claridad el problema: son demasiados y tienen muy poco.

Su primera respuesta es razonable: que cada uno se vaya y busque qué comer. Pero Jesús les dice algo inesperado: "Denles ustedes de comer".

Los discípulos miran lo que tienen y solo encuentran cinco panes y dos peces. Casi nada para tanta gente. Sin embargo, Jesús no les pregunta por lo que les falta. Les pide que le lleven lo que sí tienen. Y con eso le basta.

A veces esperamos tener más tiempo, más dinero o más preparación para empezar a hacer el bien. Pensamos que primero debemos resolver nuestra propia vida y que después podremos ayudar a los demás. Pero el Señor suele comenzar de otra manera: toma lo pequeño que ponemos en sus manos, aunque parezca insuficiente.

Tal vez hoy no puedes solucionar el problema de alguien, pero puedes escucharlo. Puedes compartir una comida aunque no te sobre nada. Y si no encuentras las palabras adecuadas, basta con decirle: "No está solo; cuente con mi oración".

La primera lectura trae una invitación parecida. Dios llama a quienes tienen sed y hambre, incluso a quienes no tienen con qué pagar. Les ofrece gratis lo que de verdad alimenta. Su amor no se compra ni está reservado para quienes llegan con la vida resuelta.

Todos llegamos ante Dios necesitados. Algunos traen una preocupación de dinero; otros, un duelo, una relación herida o una decisión que no saben cómo tomar. Y el Señor no nos recibe preguntando por qué no trajimos más. Nos invita a acercarnos con lo que somos y con lo poco que tenemos.

La Iglesia recuerda estos días a san Pedro Julián Eymard, quien hizo de la Eucaristía el centro de su vida. Comprendió que Jesús no se queda lejos del hambre humana. Se entrega como alimento, permanece cerca y nos reúne alrededor de una misma mesa. En sus manos, el pan compartido se vuelve promesa de que nadie quedará olvidado.

En Colombia conocemos bien la fuerza que tiene compartir lo que hay. Una olla puede recibir un poco más de agua cuando llega alguien sin avisar. Un plato se divide, se acerca otra silla y aparece la frase sencilla: "Donde comen dos, comen tres". Tal vez la comida no sobre, pero la acogida hace que alcance de otra manera.

Ese gesto cotidiano se parece al Evangelio. Jesús recibe lo que parece insuficiente, da gracias, lo parte y lo convierte en alimento para muchos. Pero lo hace contando con las manos de sus discípulos. Él realiza el milagro, y ellos distribuyen el pan.

El reto de hoy es sencillo: pon algo pequeño al servicio de otra persona. Puede ser una comida, una llamada, o esa ayuda que has venido posponiendo. No descartes el gesto porque te parezca demasiado sencillo. En las manos de Dios, lo pequeño puede alimentar más de lo que imaginas.

Y cuando seas tú quien siente que no tiene suficiente, no te alejes por vergüenza. Acércate. Preséntale al Señor tus cinco panes y tus dos peces: tu cansancio, tus dudas y lo que todavía no sabes resolver. Él no desprecia lo poco. Lo recibe y comienza a trabajar desde allí.

Señor, hoy pongo en tus manos lo que tengo y también lo que me falta. Tú conoces mis límites y las necesidades que no sé cómo atender. Líbrame de pensar que mi pequeña ayuda no sirve y enséñame a compartir con generosidad lo que me has dado.

Cuando sea yo quien tenga hambre de esperanza, recuérdame que tu amor se ofrece gratis y que nada puede separarme de ti. Por intercesión de san Pedro Julián Eymard, aumenta en mí el amor por tu presencia y hazme más atento al hambre de quienes caminan a mi lado.

Toma, Señor, lo poco que soy capaz de ofrecer. Bendícelo, multiplícalo y úsalo para que alguien encuentre hoy alimento y compañía. Amén.