Leer y rezar
8/1/2026
Leer junto
Hay conversaciones que uno ensaya muchas veces antes de tenerlas. Las repasa mientras prepara el desayuno o va en el bus: las palabras que debería decir, el límite que hace falta poner, el error que toca reconocer. Pero también teme herir o empeorar las cosas.
Entonces aparece la tentación de guardar silencio. Nos decimos que quizá no sea tan grave o que es mejor evitar problemas. Otras veces hacemos lo contrario: acumulamos tanto malestar que terminamos diciendo la verdad con dureza, como si tener razón nos diera permiso para lastimar.
Las lecturas de hoy presentan a dos hombres que tuvieron que hablar cuando habría sido más cómodo callar.
Jeremías ha anunciado una palabra difícil y se encuentra rodeado por quienes quieren condenarlo. No responde con insultos ni intenta salvarse cambiando su mensaje: explica con serenidad que fue el Señor quien lo envió, y añade que todavía hay tiempo para corregir el camino. Su palabra conserva abierta la puerta de la conversión incluso frente a quienes lo amenazan.
En el Evangelio aparece Juan el Bautista, que se había atrevido a señalar una situación injusta dentro de la casa de Herodes. Su fidelidad le costó la libertad y, finalmente, la vida. Herodes reconoce que algo está mal, pero prefiere proteger su imagen antes que escuchar su conciencia.
No siempre enfrentaremos decisiones tan dramáticas, pero todos conocemos esas pequeñas ocasiones en las que debemos elegir entre lo correcto y lo conveniente: cuando alguien es tratado injustamente y nadie interviene, cuando una conversación destruye la reputación de alguien ausente, o cuando el orgullo nos impide pedir perdón.
Hoy la Iglesia recuerda a san Alfonso María de Ligorio, un hombre que conoció de cerca las luchas de la conciencia. Fue abogado antes que sacerdote, con una carrera prometedora. Una experiencia de fracaso cambió el rumbo de su vida: dejó sus planes y se puso al servicio de Dios, especialmente entre los pobres y olvidados.
San Alfonso vivió en una época en la que muchas personas se acercaban a Dios dominadas por el temor: algunas creían que nunca podrían ser suficientemente buenas, otras veían el pecado con tanta ligereza que ya no sentían necesidad de cambiar. Él buscó unir la claridad de la verdad con la ternura de la misericordia.
Esta mañana vale la pena preguntarte: ¿hay alguna verdad que estás evitando? Tal vez necesitas reconocer que una situación te está haciendo daño, o hablar con tu familia sobre algo escondido debajo del tapete. Puede que hayas cometido un error y busques explicaciones para no admitirlo, o quizá te juzgas con tanta dureza que necesitas recordar que arrepentirse no significa vivir castigándote para siempre.
Decir la verdad con misericordia empieza por revisar el propio corazón: antes de corregir a otra persona, conviene preguntarnos si buscamos su bien o solo descargar la frustración, y pedirle a Dios que limpie nuestras palabras del orgullo y del deseo de humillar.
Ser misericordioso no es fingir que nada ocurrió ni dejar que el daño continúe: a veces exige poner un límite con serenidad, buscando siempre abrir un camino de cambio, nunca destruir a la persona.
También necesitamos esa misericordia con nuestras propias faltas. San Alfonso anunció con insistencia a un Cristo redentor, cercano a quienes reconocen su necesidad y dispuesto a recibir a quien vuelve. El error que confesamos no tiene por qué convertirse en nuestra identidad: el perdón de Dios busca devolvernos la libertad de amar mejor, y ninguna culpa confesada nos encadena para siempre.
En Colombia solemos decir que "lo cortés no quita lo valiente": se puede hablar con firmeza sin perder el respeto, y corregir sin avergonzar. Pedir perdón no quita dignidad.
La tarea de hoy es una sola: identifica una conversación pendiente y preséntala primero ante Dios. No la tengas impulsado por la rabia ni la sigas aplazando por miedo. Pide encontrar el momento adecuado y las palabras necesarias, habla desde tu experiencia y escucha también al otro; el objetivo es abrir espacio para la verdad y la reparación.
Y si eres tú quien necesita volver a Dios, no esperes a sentirte perfecto. Acércate como estás. Nombra con sinceridad lo que pesa y confía en que su misericordia es más grande que tu caída.
Señor, tú conoces las verdades que me cuesta reconocer y las conversaciones que he venido postergando. Dame la valentía de Jeremías para permanecer fiel sin responder con violencia, y la integridad de Juan Bautista para no llamar bueno lo que hace daño.
Por intercesión de san Alfonso María de Ligorio, forma en mí una conciencia clara pero no atormentada, firme pero siempre misericordiosa. Enséñame a corregir sin humillar y a pedir perdón sin esconderme detrás del orgullo.
Cuando me equivoque, recuérdame que puedo volver a ti. Cuando deba hablar, purifica mis palabras. Y cuando sea necesario guardar silencio, que sea por prudencia y amor, no por cobardía.
Que hoy la verdad sea en mis manos una puerta hacia la reconciliación y la paz, y nunca un arma. Amén.