Leer y rezar
El rastro que deja
Leer junto
Para la gente de Nazaret, Jesús era el hijo del carpintero. Lo habían visto crecer, conocían a su madre y a sus parientes, sabían en qué calle quedaba su casa. Por eso, cuando vuelve al pueblo y se pone a enseñar en la sinagoga, lo que oyen los desconcierta: de dónde le viene a este esa sabiduría. Pero en vez de quedarse con la pregunta, prefieren la respuesta que ya tenían lista: a este lo conocemos desde chiquito. Y el Evangelio de hoy cierra con una frase que incomoda: no hizo allí muchos milagros, por la falta de fe de ellos.
Dios no se ausentó de Nazaret ese día: estuvo enseñando en la sinagoga del pueblo, delante de todos. Lo que faltó fue alguien que lo reconociera.
Algo parecido le pasa a Jeremías en la primera lectura. Dios lo manda al atrio del templo a decir toda la verdad, sin omitir una sola palabra, sabiendo de antemano que muchos no van a querer oírla. En las dos lecturas Dios habla, y en las dos hay gente que ya había clasificado al mensajero antes de escucharlo.
Queda entonces una pregunta muy práctica: cómo se aprende a reconocer a Dios cuando habla por un camino que uno no tenía previsto. Hoy la Iglesia nos pone al lado a alguien que tuvo que aprenderlo a la fuerza.
Ignacio era militar. Estaba defendiendo la fortaleza de Pamplona cuando una bala de cañón le destrozó una pierna. Lo llevaron de vuelta a la casa de su familia y ahí se quedó meses, quieto, sin poder hacer nada de lo que tenía planeado para su vida. Pidió novelas de caballería para matar el tiempo y resultó que en la casa no había: solo una vida de Cristo y un libro sobre los santos. Los leyó de puro aburrimiento.
Y leyéndolos empezó a notar algo que nadie le había enseñado a mirar. Cuando soñaba con volver a la guerra y con las hazañas que lo harían famoso, se entusiasmaba muchísimo; pero al rato el entusiasmo se le caía y quedaba seco, de mal genio. Cuando se imaginaba viviendo como san Francisco o como santo Domingo de Guzmán, también se entusiasmaba, y esa alegría se le quedaba adentro durante días.
De ahí sacó el criterio que años después pondría por escrito en sus Ejercicios: para saber qué viene de Dios hay que fijarse menos en la emoción del momento y más en el rastro que deja después.
Conviene aclarar una cosa, porque es fácil confundirse: esa paz que permanece no es lo mismo que la comodidad. Jeremías la tenía, y lo que le tocó fue pararse en el atrio a decir lo que nadie quería oír. Muchas veces el camino que deja paz por dentro es justamente el que exige la conversación aplazada, la disculpa que llevas meses debiendo, o decirle que no a algo que te convenía.
Hoy, entonces, el propósito es concreto. En algún momento del día te va a tocar decidir o responder algo: el mensaje que llevas releyendo desde anoche, la respuesta que ya tienes armada en la cabeza, la decisión que has ido aplazando porque ninguna opción se ve perfecta. Antes de mandarlo, detente un momento, así sea en el trancón o en la fila del banco, y pregúntate: esto que voy a hacer, ¿me deja más libre y más capaz de querer a la gente, o me deja apurado y encerrado?
En Nazaret nadie alcanzó a hacerse una pregunta parecida; se quedaron con la respuesta que ya tenían.
Señor, tú pasas por mi día sin hacer ruido y muchas veces no te reconozco. Líbrame de la seguridad de creer que ya lo sé todo sobre las personas que quiero, sobre mi trabajo y sobre lo que puedes hacer conmigo. Por intercesión de san Ignacio de Loyola, dame un corazón despierto para distinguir lo que viene de ti de lo que solo me entusiasma un rato. Que hoy pueda decidir desde el deseo de amarte y de servirte, y no desde el afán ni desde el miedo a quedar mal. Dame el valor de seguir el camino que deja paz de verdad, aunque me cueste. Amén.