Leer y rezar
Servir sin dejar de escuchar
Leer junto
Hay una escena que se repite en tantas casas: alguien va de la estufa a la mesa, revisa que no falte nada y calcula el tiempo mientras intenta atender a todos. Así estaba Marta aquella tarde en Betania, con el corazón puesto en mil tareas a la vez. Y cerca de ella, sentada a los pies de Jesús, su hermana María lo escuchaba sin afán de terminar nada.
Ese es el cuadro que recoge el Evangelio de este día: dos hermanas, dos maneras de amar, y Jesús que, sin despreciar el servicio de Marta, le recuerda que antes de hacer tantas cosas hace falta detenerse y escuchar.
La primera carta de Juan lo dice desde otro ángulo: el amor tiene su origen en Dios, porque él nos amó primero. Lo nuestro es una respuesta, no un mérito que se gana a fuerza de tareas. Por eso Betania junta las dos cosas: el servicio de Marta se sostiene mejor cuando nace de haber escuchado primero, como hizo María a los pies de Jesús.
La casa de Betania nos enseña algo que necesita cualquier hogar colombiano un miércoles cualquiera: hacer una pausa, mirar a los ojos de quien está en la mesa y permitir que el amor recibido de Dios se note después en la manera como tratamos y servimos a los demás.
Antes de que el día se llene de ruido, vale la pena detenerte aquí, como María, aunque sea solo por un minuto.
¿Cuántas veces llegas al final de la jornada sintiendo que diste todo, pero que no estuviste del todo presente? Estuviste allí de cuerpo, pero con la cabeza en otra parte. El Señor no te pide hoy que multipliques tus tareas. Te invita primero a escucharlo, porque lo que nace de la escucha se parece más al amor que al simple cumplimiento.
El salmo de hoy nos invita a probar y ver qué bueno es el Señor. Esa bondad no se descubre solamente cumpliendo deberes. También se descubre haciendo silencio, quedándonos un momento a sus pies y dejando que su palabra alcance aquello que llevamos por dentro.
Hoy, entonces, el propósito es concreto: fíjate en un gesto pequeño que puedas hacer por alguien que lo necesita. No tiene que ser grande. Puede ser devolver una llamada que has postergado, escuchar sin interrumpir, ceder el paso o quedarte cinco minutos más de lo que habías pensado. Cuando esos gestos nacen de un momento de silencio con Dios, dejan de ser simple rutina: son el amor que recibiste primero, hecho carne en lo cotidiano.
Señor, hoy quiero servir con la generosidad de Marta y escucharte con la atención de María. Ayúdame a no perderme en el afán ni a pasar de largo frente a tu presencia. Que al sentarme un momento a tus pies aprenda también a mirar con amor a la persona que has puesto a mi lado. Amén.